Tomamos decisiones continuamente. Algunas apenas requieren atención. Otras pueden modificar una carrera profesional, una relación, un negocio, una inversión, un proyecto o una parte importante de nuestra vida. Sin embargo, haber decidido miles de veces no significa necesariamente haber aprendido a decidir mejor.
Una de las dificultades es que solemos evaluar nuestras decisiones por el resultado. Si algo salió bien, concluimos que decidimos correctamente. Si salió mal, pensamos que nos equivocamos. Pero una buena decisión puede producir un resultado desfavorable porque existía incertidumbre, del mismo modo que una mala decisión puede terminar bien por circunstancias que no controlábamos.
Denominamos Decisiología al análisis integrado de los procesos que intervienen cuando una persona necesita elegir entre distintas posibilidades y asumir las consecuencias de esa elección. Su objeto no es encontrar fórmulas que garanticen decisiones correctas, sino mejorar la calidad del proceso mediante el cual decidimos.
Cuando decidimos intervienen información, experiencia, intuición, emociones, expectativas, sesgos, valores, intereses, percepción del riesgo, presión social, costes de oportunidad y circunstancias que muchas veces no podemos controlar. Además, no siempre elegimos entre una alternativa buena y otra mala. Las decisiones más difíciles suelen obligarnos a comparar posibilidades imperfectas, renunciar a algo valioso o avanzar sin disponer de toda la información que desearíamos tener.
También podemos equivocarnos antes de empezar. A veces intentamos decidir correctamente sobre un problema mal formulado. Buscamos más información cuando el verdadero obstáculo es el miedo a elegir, mantenemos una alternativa porque ya hemos invertido demasiado en ella, confundimos incertidumbre con falta de preparación o posponemos una decisión esperando una certeza que probablemente nunca llegará.
La Decisiología propone detener ese proceso y hacerlo visible. ¿Qué estamos decidiendo realmente? ¿Qué sabemos y qué suponemos? ¿Qué riesgos estamos valorando? ¿Qué influencia tienen nuestras emociones? ¿Qué perderemos necesariamente al elegir? ¿Qué ocurre si no decidimos? ¿Podemos revisar posteriormente la elección? ¿Estamos juzgando una decisión anterior por la información que teníamos entonces o por aquello que sabemos ahora?
El propósito final no es convertir a las personas en decisores infalibles. Es desarrollar más criterio para decidir cuando la realidad no ofrece respuestas perfectas.